El expresidente boliviano retorna a su bastión un año después de su renuncia y posterior exilio en Argentina

ANDRÉS RODRÍGUEZ/El País/Cochabamba (Bolivia)

Helbert Rojas espera en la parada de los minibuses que se dirigen desde la ciudad de Cochabamba a Chimoré, municipio ubicado en la provincia de Chapare, bastión político del expresidente Evo Morales. Rojas miraba atento su celular mientras resonaba una tonada que repetía “MAS, MAS, MAS, Ya somos MAS, a someternos nunca más”. Era una canción de tonada folclórica compuesta para el Movimiento Al Socialismo (MAS), el partido político del líder cocalero. El joven es de Santa Cruz, departamento ubicado 300 kilómetros al este de Cochabamba. Gastó un poco más de 70 dólares en pasajes en avión. El costo del viaje en minibús hasta Chimoré le hubiese costado cerca de 10 dólares. Ve a un hombre pasar con una carretilla vendiendo camisetas que cuestan tres dólares. Escoge una de color azul pastel, igual a uno de los colores que representa al MAS. “El gasto no importa, todo sea por ver a Evo”, afirma.

Un día como hoy -11 de noviembre-, hace justo un año, quien fuera el primer presidente indígena de Bolivia abandonó el país acorralado por acusaciones de fraude en los comicios. Morales renunció y se exilió en el extranjero, primero en México y luego en Argentina. Con el MAS nuevamente en el poder tras haber ganado las pasadas elecciones con más del 55% de los votos, el líder cocalero dispuso su retorno en esta fecha simbólica. Tras haber iniciado su viaje de regreso desde Villazón, en la frontera con Argentina, el pasado lunes, Morales pasó por tierra por diferentes ciudades y municipios en una caravana. El destino final era la región a la que considera como su fortaleza, donde dio sus primeros pasos en la vida sindical y política; donde además lo resguardaron y dieron cobijo antes de dejar el país.

Una región sin tiempo

A un año de la partida de Morales, la región del Chapare parece congelada en el tiempo. Los parajes verdes y su clima húmedo permanecen intocables, al igual que la figura del líder del MAS. Carteles en los que se leen leyendas como “Evo presidente 2020-2025” y “Bolivia cambia, Evo cumple”, se pueden encontrar a lo largo de casi 180 kilómetros de la carretera que une el municipio de Sacaba con Chimoré. Casi cada casa tiene la clásica bandera de colores azul, negro y blanco que representa al partido, izada en ramas y palos, que resalta claramente dentro del paraje verde.

A lo largo del camino, la gente se agolpaba con banderas y carteles para recibir a Morales. El tráfico vehicular estaba atascado siete kilómetros antes de llegar a la ciudad de Chimoré debido a los anillos de seguridad para cuidar al líder cocalero.

El aeropuerto de Chimoré, una antigua base militar estadounidense que dejó de funcionar en 2006, fue donde Morales dejó Bolivia junto a Álvaro García Linera, se vicepresidente, y sus allegados más cercanos en medio de lágrimas. Tras su destierro, citó a Tupac Katari en más de una ocasión: “Volveremos y seremos millones”. Cerca del mediodía de Bolivia, los cuatro kilómetros de la pista de aterrizaje no daban cabida a una sola persona más. En medio de música autóctona, banderas del MAS y la whipala, cientos de miles de personas aguardaban la llegada de quien permanece como presidente de las seis federaciones de productores de hoja de coca. Con parlantes instalados cada 20 metros junto a pantallas gigantes, todo semejaba un gran festival de música.

La Evomanía estaba desatada. Hasta donde la vista alcanzaba, se podían ver camisetas negras con el rostro de Evo, gorras, cintas, indumentaria del MAS, cánticos, bandas y artistas que antecedieron como teloneros la llegada de Morales en un helicóptero, que recorrió los cuatro kilómetros ida y vuelta de la pista principal del aeropuerto más de una vez. Los presentes seguían a la aeronave grabando con sus celulares. Ni la llovizna que empezó a caer antes de su aterrizaje y el cielo gris que amenazaba con una fuerte lluvia mermó los ánimos.

Había retornado a quien esperaron por más de un año. Morales, de pantalón negro y una camisa manga corta color verde agua -un atuendo similar al de su época de líder sindical-, volvía a hacer una alocución frente a cientos de miles de personas casi un año después. Durante más de una hora, se dio un baño de masas, mientras la gente le arrojaba camisetas, gorras o banderas como regalo. El discurso de Morales también sirvió como una expiación a su exilio. Contó anécdotas que vivió con la comunidad boliviana en Argentina y cómo se “salvó de morir” cuando abandonó su país. Ni siquiera la fuerte lluvia que cayó alejó a los presentes, mientras Morales se mojaba bajo el chubasco sosteniendo su micrófono. “Buen augurio la lluvia, es un regalo del tata [padre en quechua] San Pedro”, afirmaba, mientras uno de sus colaboradores le entregaba un paraguas para protegerse del agua. El público hizo lo mismo.

El acto terminó con el llamado de Morales a apoyar al presidente de Bolivia, Luis Arce Catacora, y a defender el denominado “proceso de cambio”, un mantra que ha acompañado al MAS desde hace 14 años y que continuará por los próximos cinco. “No se explayó tanto esta vez”, dijo una mujer presente tras la despedida del expresidente. Un periodista cerca escuchó esa afirmación y le dijo su acompañante: “Más bien, ¿te acuerdas esa vez que se pegó un discurso de más de tres horas?”.

Los presentes comenzaron a abandonar la pista de aterrizaje. Muchos comían en los alrededores en puestos callejeros. Otros se hidrataban y algunos parecían agotados, en particular una pareja sentada en el pasto al borde de la pista de despegue. La mujer le preguntó al hombre: “¿Y ahora? ¿Qué pasará con el Evo tras esto?”. “No lo sé, qué hará, se quedará aquí, me imagino”, le respondió. Es una duda que solo Morales podrá responder.